Is it rolling, Bob? (ES006)

1. Summer days, Bob Dylan
“Love and theft” (Columbia, 2001)
2. Highway 61 revisited, Bob Dylan
Highway 61 revisited (Columbia, 1965)
3. Down along the cove, Bob Dylan
John Wesley Harding (Columbia, 1967)
4. To be alone with you, Bob Dylan
Nashville skyline (Columbia, 1969)
5. I feel a change comin’ on, Bob Dylan
Together through life (Columbia, 2009)
6. Meet me in the morning, Bob Dylan
Blood on the tracks (Columbia, 1975)
7. If not for you, Bob Dylan
New morning (Columbia, 1970)
8. Love minus zero/No limit, Bob Dylan
Bringing it all back home (Columbia, 1965)
9. Romance in Durango, Bob Dylan
Desire (Columbia, 1976)
10. Spirit on the water, Bob Dylan
Modern times (Columbia, 2006)
11. You ain’t goin’ nowhere, Bob Dylan
Bob Dylan’s Greatest Hits, Vol. 2 (Columbia, 1971)
12. I want you, Bob Dylan
Blonde on blonde (Columbia, 1966)

LINER NOTES: Para mí, armar un compilado es un acto de egoísmo: se trata, básicamente, de hacer una selección de tu universo musical y organizarla de manera coherente, según tu criterio. Lo puedes concebir como privado o público, con o sin dedicatoria, pero siempre será un recorte personal: “quiero escuchar esta música que seleccioné y organicé” y/o “quiero que escuches esta música que seleccioné y organicé (para ti)”. Dicho esto, me llama la atención que en High fidelity (2000) el personaje de John Cusack le prepare un compilado al de Iben Hjejle con material de la predilección de ella. Quiero decir: si ella quiere escuchar un compilado con sus canciones favoritas, ¿no será capaz de armarlo ella misma? Me parece, con todo respeto, una sobreestimación de la capacidad personal. Prefiero, en todo caso, aceptar el carácter persuasivo de un compilado de este tipo.

MEGAUPLOAD: Is it rolling, Bob? (ES006)

When the going gets FLAC

Después de percatarme de que continuar haciendo y publicando compilados exclusivamente compuestos por canciones extraídas de mi colección de discos compactos dejaba afuera a un universo de novedades musicales, una de las razones detrás de mi inicio en el mix-tapeo, he retomado la buena costumbre de descargar álbumes en formato Free Lossless Audio Codec (FLAC). De esta manera, sin anunciarlo, en los últimos meses he alternado material de mi colección de discos compactos con material de mi lista de deseos sin tener pérdidas significativas en la calidad del audio, una de las cuestiones por las que dejé de incluir a todo aquello que no estuviera en mi legítima posesión (vale aclarar que lo que publico es apenas una versión comprimida de la que almaceno y comparto en discos compactos grabables).

En sus orígenes, el FLAC aprovechó la irrupción de la banda ancha para instalarse como el formato digital predilecto de la comunidad de bootlegers (productores y consumidores de grabaciones clandestinas, principalmente presentaciones en vivo y rarezas), pero no le pudo competir al MPEG-1 Audio Layer 3 (MP3) en el segmento más amplio de la piratería por el tamaño de sus archivos (hasta diez veces más grandes que los del MP3) y porque, ante la abundancia, la consigna para los consumidores fue almacenar cantidad y no calidad (tanto artística como técnicamente).

No obstante, en contraste con la caída de las redes peer-to-peer, la redundancia de los blogs de descarga directa y la inminente explosión de la burbuja del streaming, el FLAC se ha ido fortaleciendo no sólo como el formato digital de la comunidad de bootlegers, donde es casi un estándar de calidad, sino en el almacenamiento, el intercambio y la venta de grabaciones profesionales que precisan circular digitalmente y sin pérdidas significativas en el audio. Es decir, aunque el FLAC todavía no ha logrado el consenso del MP3 en el gran público, se está aproximando a la concreción de su nada despreciable objetivo: consolidarse como una opción frente al MP3 en el segmento de consumidores musicales que exigen una alta fidelidad en sus formatos digitales. A su manera, podríamos decir, el auge del FLAC es paralelo al revival de los discos de acetato, sólo que se apoya en dos factores de carácter tecnológico: el aumento del ancho de banda y la aparición de discos duros de gran capacidad en el último lustro.

Por todas estas cuestiones, me parece que el FLAC es un formato ideal para satisfacer las demandas digitales de los consumidores de música independiente. Por una parte, sabemos que el gran público está desinteresado en la calidad en cualquiera de sus dimensiones y que las grandes corporaciones apuntan a la inmediatez como modelo de negocio (procesan a la cultura como si fuese una hamburguesa con queso: te la ponen en la bandeja en un minuto, sin importar su contenido). Por otra parte, el nicho de consumidores de música independiente que se ha afianzado durante las últimas dos décadas no está siendo explotado al máximo por los impedimentos que conlleva la distribución física (hasta el sello discográfico independiente más potente tiene dificultades para expandir su marca más allá de su territorio nacional) y tanto el sentido artístico como el comercial está siendo mermado con la circulación de las obras musicales en formatos de audio comprimido.

Con todo esto, quiero remarcar dos cuestiones: a) una cosa es prepararse para la paulatina desaparición de los soportes físicos y otra es resignarse a que la música se escuchará como pomada en los años por venir y b) una cosa es consumir y difundir el audio comprimido a manera de muestra, mientras no se puede tener acceso a él en su estado original, y otra es aceptar esa versión del arte como la final. No tengo problema en reconocer que los dispositivos digitales se impondrán a los analógicos, pero no quiero ni pensar en que la compresión extrema se convertirá en el único estándar de calidad. Porque, si lo hace, ¿qué sentido tendrá componer, grabar, producir y editar música?

Love’s praises with sugar-coated rhyme (ES005)

1. El tránsito, Perrosky
El ritmo y la calle (Algo, 2007)
2. When in Rome, Nickel Creek
Why should the fire die? (Sugar Hill, 2005)
3. Chinese translation, M. Ward
Post-war (Merge, 2006)
4. Into the woods, My Morning Jacket
Z (ATO, 2005)
5. I should have known better, She and Him
Volume one (Merge, 2008)
6. We are nowhere and it’s now, Bright Eyes
I’m wide awake, it’s morning (Saddle Creek, 2005)
7. Puercoespín, Doris
Achacandá (Ultrapop, 2006)
8. Shotgun blues, Isobel Campbell and Mark Lanegan
Sunday at Devil Dirt (V2, 2008)
9. Silver stallion, Cat Power
Jukebox (Matador, 2008)
10. True love will find you in the end, Beck
The late great Daniel Johnston (Gammon, 2004)
11. A man needs a woman or a man to be a man, Bill Callahan
Woke on a whaleheart (Drag City, 2007)
12. Bye and bye, Bob Dylan
Love and theft (Columbia, 2001)

Well, the future, for me, is already a thing of the past:
you were my first love and you will be my last

-Bob Dylan

MEGAUPLOAD: Love’s praises with sugar-coated rhyme (ES005)

MTV me hace querer fumar crack

Hace algunas mañanas, detuve mi zapping en MTV. En pantalla, a un joven indeciso le conseguían citas románticas… sus padres. Hartos del olor corporal y los malos modales de la novia, padre y madre se ponían manos a la obra en un casting mayormente moralista. Aunque la posibilidad de que una de las candidatas se encuerara me mantuvo quieto, cuando el hijo bobo (por no decirle de otra manera) se quedó con la rolliza grosera maloliente (por no decirle de otra manera) en vez de con la rubia ojos azules despampanante (por no decirle de otra manera), tuve que abandonar MTV, por cuestiones éticas.

A partir del éxito de The Real World, MTV paulatinamente se ha convertido en una cadena de reality shows que ocasionalmente transmite los vídeos musicales más cliché del momento (por no decirle de otra manera). Atrás, muy atrás, quedaron aquellos tiempos en los que, pasada la medianoche, 120 Minutes te mantenía despierto a la espera de la fugaz aparición de Belle and Sebastian, Pavement y compañía. La verdad, ya casi no hace falta: en YouTube y sitios afines está casi todo, y se puede ver casi cuántas veces te venga en gana, casi sin someterte a los designios del sistema.

Por eso, porque la retransmisión de vídeos musicales ya no es el negocio principal de MTV, su target ha cambiado. Basta con echarle un vistazo, en el intermedio de Pimp My Wife y NEXT, por supuesto, para entender que MTV ha dejado de ser un foro de cultura alternativa. Y no lo digo porque yo esté envejeciendo, sino porque antes había espacios para bandas más o menos serias y ahora el grueso de la breve programación musical se arma a partir del roster de los sellos del Disney Music Group: Miley Cyrus, Selena Gómez, Demi Lovato, The Jonas Brothers y todas las derivaciones de High School Musical (en rigor, pobres diablos a los que les darán una patada en el culo cuando dejen de ser el objeto de la masturbación crónica de su target).

La semana pasada, cuando la noticia de la muerte de Michael Jackson nos tomó por sorpresa, me puse a reflexionar sobre esto. Mientras en CNN desfilaba todo el zoológico de imitadores del Wacko, diciendo que el pedófilo bailarín (la definición es del buen Trexbleu, que no sé si lea esta humilde bitácora) era lo más grande que le había pasado a la música, y que nunca nadie lo podría superar, yo idealicé otra muerte: la de MTV.

MTV, como Michael Jackson, representa a la década infame, a la década de 1980, a esa ruptura en la que la música popular deja ser una forma de arte contemplada en términos estéticos y poéticos para deformarse en millones de discos vendidos, en millones de dólares, en millones de cirugías plásticas, en millones de menores de edad manoseados.

Si el vídeo mató a la estrella de la radio, es justo que ahora se desangre de la misma manera.

Es decir, muerto el Güey, sigues tú, pinche MTV.

selloutofrock

Got a broken heart and your name on my cast (ES004)

1. Skinny love, Bon Iver
For Emma, forever ago (Jagjaguwar, 2008)
2. Esa cosa, Eduardo Mateo
Mateo solo bien se lame (Trova, 1972)
3. Too many birds, Bill Callahan
Sometimes I wish we were an eagle (Drag City, 2009)
4. Corazón de pebre, María Perlita
Panc (Maat, 2007)
5. Cars can’t escape, Wilco
Yankee hotel foxtrot demos (Unreleased, 2001)
6. Parting gift, Fiona Apple
Extraordinary machine (Epic, 2005)
7. In this hole, Cat Power
Covers record (Matador, 2000)
8. No name #5, Elliott Smith
Either/or (Kill Rock Stars, 1997)
9. Overs, Simon and Garfunkel
Bookends (Columbia, 1968)
10. Let’s dance, M. Ward
Transfiguration of Vincent (Merge, 2003)

Well, I hope you’re not waiting
waiting around for me
because I’m not going anywhere
obviously

-Elliott Smith

MEGAUPLOAD: Got a broken heart and your name on my cast (ES004)

A voice at the end of the line

Pues no, el calzado de la marca Converse no estaba originalmente diseñado para la práctica del baloncesto como yo creía. Según Wikipedia, una fuente informativa con la que tuve una desavenencia esta semana por una interpretación errónea de la obra de Siegfried Kracauer (escribir Kracauer me gusta casi tanto como pronunciarlo), empezó como calzado de uso casual y su ascendiente popularidad lo llevó al baloncesto, a través de la contratación de Chuck Taylor como embajador de la marca. Con la consolidación de la NBA, Converse se instauró como el calzado de referencia y volvió, como no podía ser de otra manera, al uso casual.

Siendo hijo de una basquetbolista amateur, el calzado de la marca Converse acompañó mis primeros pasos. Si bien no recuerdo los colores de mi primer par de Converse, tengo bien presente que, en algún punto, tuve un par con la imagen de ALF (¿te acuerdas de ALF?) en colores que ahora me avergonzarían. Después, con la emergencia de Nike y Michael Jordan, usé calzado deportivo más sofisticado, con aire y relleno por doquier. Y así me mantuve durante mi adolescencia y primera juventud.

En 2006, cuando fuimos a Los Ángeles a ver el muro donde Autumn de Wilde retrató a Elliott Smith para la portada de Figure 8 (Dreamworks, 2000), volví a las andadas: compré un par de Converse azul marino… y unos Adidas grises. Al irme a Buenos Aires en 2007, me llevé los dos pares prácticamente nuevos y también otro par de la marca Converse pero no de la línea clásica. Para no seguir haciendo tan largo el relato, en Buenos Aires usé los Adidas nuevos y los Converse viejos, dejando a los Converse nuevos sin estrenar.

Cuando volví a Buenos Aires en 2008 y me percaté de que el calzado de la marca Converse estaba de moda, y que los modelos comercializados allá, fabricados en Brasil, parecían copias ilegales frente a los míos, decidí estrenar mis Converse azul marino. Aunque los sentía más frágiles que los Adidas, les agarré cariño por su ligereza y comodidad (como había escrito en mi bitácora anterior, los Adidas me lastimaban el tobillo y se me hacían muy pesados).

Al regresar a México este año, me hice acompañar por los Converse ya maltrechos, y no los abandoné sino hasta su primera lavada, antes de preparar mi primer viaje en solitario a Tucson para ver a M. Ward en el teatro Rialto y visitar la biblioteca de la Universidad de Arizona.

El caso es que, de pronto, me encontré en una ciudad que jamás había recorrido en solitario, y mucho menos en transporte público… y tuve que pagar el derecho de piso con largas caminatas: primero de la terminal de autobuses a la terminal de colectivos (para distinguir entre el que viaja por carretera y el que viaja en la ciudad, no porque me quiera hacer el rioplatense), luego del teatro (al cual llegué cuatro horas antes de que abrieran, cuando estaban haciendo la prueba de sonido) a la Universidad y, para terminar, de la Universidad al teatro.

Siendo la suela de los Converse delgada como la cintura de Sasha Grey (¿se nota que quiero que Sasha Grey aparezca como destacada en la nube de tags?), mis delicados pies burgueses no tardaron en sentir los estragos de las largas caminatas sobre asfalto caliente: me salieron ampollas en el pie derecho y, por querer escapar de este dolor, me torcí el pie izquierdo.

Llegué al teatro Rialto sin poderme parar. En cuanto abrieron, me metí al baño a aliviarme y a improvisar una plantilla de papel higiénico para volver a la batalla: después de casi un día de viaje, no iba a quedarme sin ver al monstruo del folk.

Cuando terminó el acto de apertura de Andrew Collberg, penosamente ante menos de cincuenta personas, me paré y me fui a sentar frente al escenario, en el mero centro, de manera que tuviera dónde apoyarme —porque, evidentemente, estar de pie era una tortura china— y, a su vez, un lugar privilegiado para disfrutar de la presentación de mi ídolo.

Si mal no recuerdo, a las 22:45 apagaron las luces del teatro, la gente empezó a gritar y salió un M. Ward desgarbado, con una camisa tan parecida a la que usó un día antes en el Festival Coachella que me hizo dudar sobre su higiene, acompañado sólo por una guitarra de palo a interpretar la desgarradora A voice at the end of the line.

Ahí, cara a cara con el mismísimo M. Ward, supe que todo había valido la pena, y sonreí y luego se me hizo un nudo en la garganta, como cuando estuve frente al muro donde Autumn de Wilde retrató a Elliott Smith para la portada de Figure 8.

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El cielo es azul, just don’t go telling everyone (ES003)

1. Thunder on the mountain, Bob Dylan
Modern times (Columbia, 2006)
2. The wheel, Bill Callahan
Woke on a whaleheart (Drag City, 2007)
3. Walken, Wilco
Sky blue sky (Nonesuch, 2007)
4. Reina japonesa, Fernando Milagros
Por su atención, gracias (Armónica, 2009)
5. Paul’s song, M. Ward
Transistor radio (Merge, 2005)
6. Father to a sister of thought, Pavement
Wowee zowee (Matador, 1995)
7. Tequila, Perrosky
Doblando al español (Algo, 2008)
8. Eagle on a pole, Conor Oberst
Conor Oberst (Merge, 2008)
9. Poner el cuerpo, Nacho y Los Caracoles
Nacho y Los Caracoles (Edición de autor, 2008)
10. Black hole, She and Him
Volume one (Merge, 2008)
11. Sing it again, Beck
Mutations (Geffen, 1998)

Larga el bolso, salta el cerco
que es momento de andar fresco, suelto.

-Nacho Rodríguez

MEGAUPLOAD: El cielo es azul, just don’t go telling everyone (ES003)

Introduciendo a Alexandra Lawn

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Desde Feist, en la música de corte independiente anglosajona no aparecía alguien con tanto estilo. Alexandra Lawn, violonchelista y segunda voz del sexteto de pop de cámara bailable Ra Ra Riot, es la nueva sensación del mundillo indie sensible. Según mi primer relevamiento, Lawn genera en sus seguidores una simpatía similar a la que causaba Isobel Campbell en la etapa inicial de Belle and Sebastian, sólo que con una diferencia notable: si el aire de chica de al lado de Isobel daba a los melómanos una oportunidad ilusoria de cortejarla, la elegancia de Allie hace que se le ponga en un pedestal.

En cierta manera, por su porte, recuerda a Natalie Portman… y a Sasha Grey.

Como nota curiosa, recomiendo el vídeo de la presentación de Ra Ra Riot en The Late Show y prestar atención al final, cuando David Letterman da una indiferente palmada en la espalda de la violinista Rebecca Zeller y un frío apretón de mano al vocalista Wes Miles para apresurarse rumbo a la música en cuestión a echarle los perros, diciéndole “beautiful” antes de hacerse el pendejo preguntándole por su peculiar violonchelo —una tira de madera central de un violonchelo tradicional enmarcada por un contorno metálico creado por Yamaha, que permite tocar y bailar— y disfrutar de su dulce figura de bebota indie sensible.

VÍNCULOS: Ra Ra Riot en MySpace

Origen y composición (ES002)

1. Caballito, Rosal
Rosal (PopArt, 2005)
2. Estilo de vida, Dënver
Totoral (Neurotyka, 2008)
3. Los días, Juan Stewart
Los días (Estamos Felices, 2008)
4. Los trapenses, Gepe
Gepinto (Quemasucabeza, 2005)
5. Fuck froid, Siro Bercetche
Música simple para gente complicada (Estamos Felices, 2004)
6. Una capa, María Perlita
Panc (Maat, 2007)
7. De papel (Explicaciones), David Aguilar
Tornazul (Edición de autor, 2005)
8. Cántale, Nacho y Los Caracoles
Nacho y Los Caracoles (Edición de autor, 2008)
9. There is no greater gold, The Gentle Waves
Swansong for you (Jeepster, 2000)
10. Hice un collage, Coiffeur
Primer corte (Edición de autor, 2005)
11. Funny little frog, Belle and Sebastian
The life pursuit (Rough Trade, 2006)
12. Los planetas, La Buena Vida
Álbum (Sinnamon, 2003)

Dicen que después de una explosión inicial
todo se puso a andar con un orden muy natural.

-Pedro San Martín y Javier Aramburu

MEGAUPLOAD: Origen y composición (ES002)

Dear catastrophe waitress

Cinco años atrás, el lanzamiento de Dear catastrophe waitress (Rough Trade, 2003) me tomó un poco predispuesto: era el primer álbum de larga duración de Belle and Sebastian sin mi integrante predilecta, la violonchelista y segunda voz Isobel Campbell, y el contrato con mi románticamente idealizado sello discográfico Jeepster había llegado a su fin. Conocía, por una sesión en Peel Acres de la Radio 1 de la BBC, tres canciones: Asleep on a sunbeam, You don’t send me y Roy Walker. El primer simple, Step into my office, baby (Rough Trade, 2003), publicado bajo la política de una casa discográfica major, apartado del afán de Jeepster por promocionar canciones no incluidas en los LPs —sólo para contradecir al mainstream—, era pegajoso y en la línea musical de los tres últimos EPs de la discutiblemente mejor banda escocesa de todos los tiempos: Legal man (Jeepster, 2000), Jonathan David (Jeepster, 2001) y I’m waking up to us (Jeepster, 2001).

Para los primeros fanáticos de Belle and Sebastian, era claro que la amenaza cantada por Stuart Murdoch en My wandering days are over, pieza central del celebrado debut Tigermilk (Electric Honey, 1996), estaba consumándose: la elitista melancolía subterránea del entonces septeto de Glasgow empezaba a llegar a los oídos del gran público en canciones que autorizaban que el baile privado, tímido y torpe fuese llevado a las pistas precisamente por los new, tall, elegant rich kids descalificados en Seeing other people, del mítico If you’re feeling sinister (Jeepster, 1996). Como cuando Bob Dylan decidió incorporar una formación eléctrica en Bringing it all back home (Columbia, 1965), los seguidores originales se sentían traicionados: decían que Belle and Sebastian había dejado de ser una banda especial para convertirse en una más de las buenas bandas del panorama independiente. Yo adhería a este sentimiento, en parte porque los archivos de audio comprimido a los que tuve acceso tenían unos saltos que no me motivaban a intentar apreciar la nueva obra sonora, y en parte porque soy (o era) un idealista sin remedio. En las últimas semanas, sin embargo, le he estado dando una segunda oportunidad al único álbum de estudio de Belle and Sebastian que no forma parte de mi colección de discos compactos. Honestamente, me parece el LP más pulido, y, conociendo al obsesivo frontman de este ensamble, podría decir que es la producción que más satisfecho ha dejado a Stuart Murdoch.

Seguramente las historias cantadas en Dear catastrophe waitress no conmueven como las de Tigermilk, If you’re feeling sinister o The boy with the arab strap (Jeepster, 1998), donde Isobel Campbell figura como compositora y primera voz, pero me parece que es un paso adelante. Para mí, en este momento, sería más frustrante percatarme de que Belle and Sebastian está repitiendo la fórmula de sus primeros lanzamientos sólo para mantener contentos a los desadaptados que tarareábamos sus canciones a mediados de la década de 1990. Así como Bob Dylan abandonó la canción protesta en su pleno apogeo, celebro que el Belle and Sebastian post-Isobel Campbell viva la música en sus propios términos y continúe reinventándose en cada lanzamiento. Estoy convencido de que Stuart Murdoch es el cantautor más importante de nuestra generación y que prevalecerá en el tiempo, como Dylan en la película: sin mirar atrás.

Elope with me, Miss Private, and we’ll sail around the world
I will be your Ferdinand and you my wayward girl

-Stuart Murdoch