Pues no, el calzado de la marca Converse no estaba originalmente diseñado para la práctica del baloncesto como yo creía. Según Wikipedia, una fuente informativa con la que tuve una desavenencia esta semana por una interpretación errónea de la obra de Siegfried Kracauer (escribir Kracauer me gusta casi tanto como pronunciarlo), empezó como calzado de uso casual y su ascendiente popularidad lo llevó al baloncesto, a través de la contratación de Chuck Taylor como embajador de la marca. Con la consolidación de la NBA, Converse se instauró como el calzado de referencia y volvió, como no podía ser de otra manera, al uso casual.
Siendo hijo de una basquetbolista amateur, el calzado de la marca Converse acompañó mis primeros pasos. Si bien no recuerdo los colores de mi primer par de Converse, tengo bien presente que, en algún punto, tuve un par con la imagen de ALF (¿te acuerdas de ALF?) en colores que ahora me avergonzarían. Después, con la emergencia de Nike y Michael Jordan, usé calzado deportivo más sofisticado, con aire y relleno por doquier. Y así me mantuve durante mi adolescencia y primera juventud.
En 2006, cuando fuimos a Los Ángeles a ver el muro donde Autumn de Wilde retrató a Elliott Smith para la portada de Figure 8 (Dreamworks, 2000), volví a las andadas: compré un par de Converse azul marino… y unos Adidas grises. Al irme a Buenos Aires en 2007, me llevé los dos pares prácticamente nuevos y también otro par de la marca Converse pero no de la línea clásica. Para no seguir haciendo tan largo el relato, en Buenos Aires usé los Adidas nuevos y los Converse viejos, dejando a los Converse nuevos sin estrenar.
Cuando volví a Buenos Aires en 2008 y me percaté de que el calzado de la marca Converse estaba de moda, y que los modelos comercializados allá, fabricados en Brasil, parecían copias ilegales frente a los míos, decidí estrenar mis Converse azul marino. Aunque los sentía más frágiles que los Adidas, les agarré cariño por su ligereza y comodidad (como había escrito en mi bitácora anterior, los Adidas me lastimaban el tobillo y se me hacían muy pesados).
Al regresar a México este año, me hice acompañar por los Converse ya maltrechos, y no los abandoné sino hasta su primera lavada, antes de preparar mi primer viaje en solitario a Tucson para ver a M. Ward en el teatro Rialto y visitar la biblioteca de la Universidad de Arizona.
El caso es que, de pronto, me encontré en una ciudad que jamás había recorrido en solitario, y mucho menos en transporte público… y tuve que pagar el derecho de piso con largas caminatas: primero de la terminal de autobuses a la terminal de colectivos (para distinguir entre el que viaja por carretera y el que viaja en la ciudad, no porque me quiera hacer el rioplatense), luego del teatro (al cual llegué cuatro horas antes de que abrieran, cuando estaban haciendo la prueba de sonido) a la Universidad y, para terminar, de la Universidad al teatro.
Siendo la suela de los Converse delgada como la cintura de Sasha Grey (¿se nota que quiero que Sasha Grey aparezca como destacada en la nube de tags?), mis delicados pies burgueses no tardaron en sentir los estragos de las largas caminatas sobre asfalto caliente: me salieron ampollas en el pie derecho y, por querer escapar de este dolor, me torcí el pie izquierdo.
Llegué al teatro Rialto sin poderme parar. En cuanto abrieron, me metí al baño a aliviarme y a improvisar una plantilla de papel higiénico para volver a la batalla: después de casi un día de viaje, no iba a quedarme sin ver al monstruo del folk.
Cuando terminó el acto de apertura de Andrew Collberg, penosamente ante menos de cincuenta personas, me paré y me fui a sentar frente al escenario, en el mero centro, de manera que tuviera dónde apoyarme —porque, evidentemente, estar de pie era una tortura china— y, a su vez, un lugar privilegiado para disfrutar de la presentación de mi ídolo.
Si mal no recuerdo, a las 22:45 apagaron las luces del teatro, la gente empezó a gritar y salió un M. Ward desgarbado, con una camisa tan parecida a la que usó un día antes en el Festival Coachella que me hizo dudar sobre su higiene, acompañado sólo por una guitarra de palo a interpretar la desgarradora A voice at the end of the line.
Ahí, cara a cara con el mismísimo M. Ward, supe que todo había valido la pena, y sonreí y luego se me hizo un nudo en la garganta, como cuando estuve frente al muro donde Autumn de Wilde retrató a Elliott Smith para la portada de Figure 8.




